Desde chico, lo imaginario tuvo para mí la intensidad de lo real.
Recuerdo que, en el cine, mi padre me decía: “eso que estás viendo no es la realidad”. Pero esa advertencia no hacía más que intensificar la experiencia: yo la vivía como si lo fuera. Con el tiempo, esa intensidad se convirtió en una forma de mirar.
Estudié filosofía con pasión, pero hacia el final de la carrera algo empezó a volverse claro: lo que me interesaba no era el pensamiento en abstracto, sino un pensamiento vital, ligado a la experiencia. En el cine encontré algo más que un soporte para ese pensamiento: un espacio donde la imaginación no se oponía a lo real, sino que permitía acceder a dimensiones de la realidad que lo real, por sí solo, no revela.
A lo largo de los años me dediqué a ver, leer y enseñar cine, trabajando las películas tanto desde su forma —cómo están construidas— como desde las ideas que abren, los sentidos que sugieren y las preguntas que dejan en quien mira.
Más adelante, el estudio de la astrología amplió mi relación con lo simbólico. No solo enriqueció mi manera de entender el mundo, sino también mi modo de acercarme a las imágenes. Esa dimensión terminó por reencontrarse con el cine.
Nepturno nace de ese cruce: entre una experiencia temprana, una formación filosófica, una práctica sostenida con el cine y una sensibilidad simbólica que no busca reducir el sentido, sino expandirlo.
No como oposición entre realidad e imaginación, sino como su punto de encuentro: allí donde lo real encuentra su profundidad y la imaginación su verdad.